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Proceso y elaboración del puro

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El cultivo de la planta de tabaco

La delicia que el fumador experimenta al encender un cigarro puro y comenzar a observar el ascenso de sus azuladas volutas de humo, culmina un proceso arduo y complejo; un proceso que se inició en el contacto del hombre con la tierra, cuando bajo el sol abrasador del verano el veguero inició el proceso de roturación del suelo. Este procedimiento agotador se repite varias veces con el fin de hacer de la propia vegetación parte de los nutrientes naturales que posteriormente enriquecerán la planta, y siempre haciendo uso de maquinaria de tracción animal, para no alterar la composición de los suelos.

Posteriormente, se producirá el sembrado de la semilla en los semilleros, lugares donde la postura o esqueje de la planta adquirirá la fortaleza suficiente para ser trasladada con garantías al tabacal, tras haber sido regada y cuidada durante cuarenta y cinco días y haber adquirido, de este modo, una altura aproximada de quince o veinte centímetros. Es el momento del trasplante.

La siembra se inicia en octubre, es un trabajo ímprobo, que requiere un cuidado permanente y una vigilancia continua durante los cuarenta y cinco días aproximados que requiere esta etapa. Durante este período la planta será sometida a un permanente cuidado que aleje de ella las posibles plagas y sus yemas (terminales y axilares) le serán podadas para conseguir concentrar los nutrientes de la planta en las hojas, consiguiendo con ello un tabaco de la máxima calidad y la concentración de aromas y sabores más idóneos. Existen dos métodos de cultivo bien diferenciados, dependiendo del tipo de planta de tabaco de que hablemos, pues, si bien el tabaco que será empleado para la elaboración de la tripa y el capote se cultiva a pleno sol, haciendo que las radiaciones de éste modulen la que será riqueza de aromas y sabores de futuro tabaco, las plantas destinadas a la producción de tabaco destinado a servir la capa, el que dará al cigarro toda su belleza y apariencia, se cultiva cubierto (tapado) con telas de algodó que lo protejan de la intemperie.

El momento de la recolección es quizá el que mayor trabajo exige, dada la delicadeza con que han de ser tratadas las hojas de recoger. Los recolectores realizan una labor concienciada que sigue etapas de seis días para los diferentes tipos de hoja que la planta produce. La recolección comienza por las hojas de la parte inferior (libre de pié y uno y medio, que producirán el tabaco volado) para seguir con un orden ascendente que culminará en la recolección del centro gordo y las coronas, de las cuales se extrae el tabaco ligero, después de haber obtenido del centro ligero y el centro medio los que serán tabaco seco y capote. En el caso del tabaco de capa, todas estas distinciones son más sencillas, pues la planta en su totalidad, a excepción del libre de pié y las coronas, serán empleadas en la elaboración de capa. Pero en ambos casos el trabajo de la recogida se realizará con el máximo cuidado hacía las hojas, un producto delicado y sensible, y serán llevadas para su desecación previa al inicio de la ferme tación a las casas de Tabaco, donde se inicia la segunda parte de la aventura vital del tabaco.

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La elaboración del puro

El tabaco atraviesa en la fábrica los tres procesos fundamentales de su elaboración que harán de él un producto capaz de convertirse en emblema del placer y la sofisticación, un deleite sensual sin parangón. Antes de llegar a la fábrica las hojas han sido clasificadas para recibir una elaboración diferenciada al llegar a la gente de torcido. Las capas se elaboran a partir de las hojas más delicadas y requieren cuidados especiales como paso previo a su clasificación definitiva. Dichos cuidados restituyen a la hoja su textura y flexibilidad mediante una moja realizada al amanecer, cuando el sol todavía no incide con la fuerza suficiente para alterar los resultados del proceso. Tras la moja, las hojas son sacudidas y tendidas hasta el día siguiente, cuando las despalilladoras retirarán completamente su nervio central dividiendo la hoja en dos partes que serán conducidas con posterioridad a la galera de torcido.

Aparte de la capa, otros cuatro tipos distintos de tabaco intervienen en la elaboración de un cigarro puro: el capote, situado debajo de la capa, envuelve las hojas del interior proporcionando consistencia y presión al ligado de la tripa. La tripa, a su vez, se compone de tabaco volado, seco y ligero. El volado lo forman las hojas que provienen de la parte baja de la planta y son las más suaves por haber recibido en menor medida la incidencia del sol. Estas hojas se caracterizan por su excelente combustibilidad. El tabaco, obtenido a partir de la parte media de la planta, es el que proporciona al cigarro su finura y riqueza aromática, mientras que el tabaco ligero, obtenido de las hojas situadas en las capas altas de la planta es el que mayor fortaleza y cuerpo aporta al puro. Estos tipo de hoja no requieren humectación y sus diferentes añejamientos van desde los tres años necesarios para el tabaco ligero, a los escasos seis meses que requiere el tabaco volado, aunque por regla general se les suele dejar madurar durante un periodo aproximado de tres años. Durante este tiempo las hojas son constantemente vigiladas por el maestro elaborador, quien no les dará salida hacia el departamento de ligas hasta que reúnan todas las cualidades necesarias. Allí, en el departamento que establece la separación de las distintas ligas, la composición de cada una de las marcas es preparada por especialistas que enviarán posteriormente las ligas a los torcedores en una cantidad aproximada para realizar de cincuenta a cien cigarros por jornada.

En la galera es donde los cigarros se convierten en una realidad. Tres son las herramientas fundamentales con las que cuenta un torcedor para realizar su tarea: un tablero de madera, una chaveta o cuchilla con la que cortar la hoja y un bote de goma extraída de forma natural de la planta de caucho.

Requiera una larga experiencia el oficio de torcedor: uno de estos trabajadores tarda nueve meses en aprender a elaborar y dar forma y consistencia correcta a un cigarro de la gamma media, pero pueden pasar más de cinco años antes de que adquiera la cualificación necesaria para enrollar un figurado o un Churchill de gran tamaño. En el momento de elaborar un cigarro, el torcedor coge la cantidad suficiente de cada uno de los tres tipos de tabaco requerido, colocando en el centro de su mano el ligero y procediendo entonces a plegarlos juntos en forma de abanico, pues si los enrollara se resentiría el tiro del cigarro. La tripa así formada se enrolla entonces en el capote formando el bunche, que será introducido en un molde y sometido a la presión de una prensa de madera que le dará la forma ideal. Posteriormente se seleccionará la hoja de capa apropiada y se envolverá en ella el bunche, empleando una goma natural para cerrar la perilla del puro con una pequeña porción de la misma hoja de capa que envuelve al cigarro. Por último, el puro se corta con una pequeña guillotina según el tamaño del formato deseado y se alisa con la parte plana de la chaveta hasta conseguir que quede perfectamente uniforme.

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La conservación del puro

Para disfrutar de un buen cigarro puro debemos ser muy cuidadosos con sus factores de conservación, que nos permitirá disfrutarlos al máximo. Los puntos clave a cuidar de nuestros vegueros son la humedad, la temperatura, la luz y los olores.

Humedad:

Si consideramos que el cigarro puro es un producto artesanal frágil, compuesto por hojas de tabaco enrolladas, resulta fácil comprender que los factores ambientales afecten en gran medida a su aspecto, aroma y sabor. El mayor enemigo del óptimo disfrute de un cigarro puro es la sequedad ambiental, pues afecta al nivel de humedad interna del cigarro. El porcentaje óptimo de humedad interior de un cigarro es de 13% y para conservarlo es preciso que la humedad relativa del aire en el ambiente sea del 70%, siendo éste el porcentaje de humedad que deberá reproducir la cava de conservación. Un cigarro seco arde muy rápido y el humo que percibimos en la boca es ardiente y agresivo. En el vértice opuesto, una humedad excesiva, es decir, superior al 80%, afecta también de forma negativa al cigarro. Dicho porcentaje de humedad, asociado a temperaturas superiores a los 25ºC, favorece al desarrollo de colonias de moho blanco, defecto que es fácil quitar del cigarro con un algodón, pero que, si persiste, conferiría a éste un desagradable olor de humedad y moho. Por esta razón, la cava de puros debe airearse continuamente, evitando así una excesiva concentración de humedad en su interior, así como debe evitarse que el vapor de agua frío (nunca caliente) incida directamente sobre las cajas de puros. La excesiva humedad de un cigarro tiene consecuencias desastrosas en su tiro, pues impide que el humo llegue hasta la boca del fumador.

Temperatura:

Este es el segundo factor primordial en la conservación de un cigarro puro. Una vez reseñado el problema del moho blanco, que puede afectar a los cigarros cuando a una elevada temperatura se suma una humedad superior a la adecuada, es preciso referirse al principal problema que provoca el exceso de temperatura, la carcoma del tabaco: un insecto que deja sus larvas en los cigarros mal fumigados y eclosiona a una temperatura superior a los 25º C. su nombre técnico es laxiodema serricorne, una polilla voraz que horada los cigarros excavando túneles en su interior. Se desplaza a gran velocidad gracias a sus alas y se reproduce a un ritmo muy acelerado, por lo que en un espacio de tiempo mínimo puede llegar a afectar a todos los cigarros que permanezcan guardados en un mismo lugar. El único remedio eficaz contra el ataque de este insecto es un gas inodoro que las fábricas emplean para matar a las larvas en el interior de los cigarros, pero que no está a disposición del público general. Otro posible tratamiento consiste en congelar los cigarros a una temperatura inferior a los -10º durante una semana, matando así a las larvas. Si se emplea el nivel casero este remedio, es recomendable envolver los cigarros en plástico, proceder a congelarlos por espacio de una semana y descongelarlos después durante un día en la nevera. El inconveniente de este método reside en que el proceso de contracción y expansión de las hojas congeladas y descongeladas rápidamente puede provocar la ruptura de algunas hojas y romper la estética del cigarro.

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Corte y encendido

El perfecto encendido de un cigarro puro consiste en conseguir una combustión lenta, que es la más sabrosa. Mal encendido, hasta el mejor cigarro puede tirar mal distorsionando su personalidad. Lo mismo ocurre si lo fumamos rápidamente, pues calentamos en exceso el tabaco y sus notas carbonizadas nos acompañarán durante toda su combustión. Para encenderlo correctamente la llama nunca debe tocar el puro, siendo la mejor opción los sencillos mecheros de gas, completamente inodoros; aunque, si deseamos darle solemnidad al ritual, podemos utilizar tranquilamente unas largas cerillas de madera de cedro, que otorgarán al momento un matiz ceremonial más definido.

El cigarro debe formar un ángulo superior a 90º con la llama, manteniéndose ésta a medio centímetro del pie del puro, al tiempo que vamos girándolo. Una vez la corona exterior esta completamente encendida, procedemos al corte de la cabeza, acto que realizaremos siempre al final del encendido para evitar que en el interior del cigarro se acumulen los gases de la combustión. Existen numerosos sistemas para cortar la cabeza del puro, siendo el mejor el de la guillotina. Los populares cortapuros en forma de V realizan una incisión menor, que suele incrementar las sensaciones picantes proporcionadas por el puro.

Así, al proceder al cortado, quitaremos sólo unos milímetros de la cabeza, realizando la incisión en el lugar donde empiezan a curvarse los hombros. Debemos evitar, así mismo, la costumbre extendida entre los principiantes de cortar mucho, pues de esta forma la capa puede abrirse. Por último, realizaremos varias aspiraciones mientras giramos en la mano el cigarro, hasta conseguir que queme completamente parejo. Y si accidentalmente se apagase, retiraremos la ceniza con una cerilla y procederemos a encenderlo de nuevo del mismo modo.

(texto extraído de: Guía para el amante del cigarro puro)